Frente al espejo, Elia abrocha cada uno de los
infinitos botones que adornan el vestido azul que a su madre le encanta verle
puesto.
—¡Ay, mi niña, qué requeteguapísima está, que parece
un ángel caído del cielo!
—Odio este vestido, madre. Mucho.
—¡No exageres, muchacha!. ¡Estás preciosa!. Además,
no querrás ir a la comunión de tu prima hecha un adefesio.
Y así, durante el último año, Elia vistió el vestido
azul en todas las ocasiones que su madre consideró que eran especiales.
La niña ultima los detalles que acompañan al vestido.
Lustra cuidadosamente sus zapatos de charol y adorna su pelo con un enorme lazo
que hace que su carita parezca un pequeño grano de maíz. Quiere que
todo luzca perfecto para hacer que su madre se sienta orgullosa.
Elia odia el vestido pero ama a su madre. Sabe que
hacerle feliz no necesita de gesto más sencillo que ponérselo cuando se lo
pide. Hoy no ha hecho falta que se lo pidiera. Desea, con todas sus fuerzas, que cuando su
madre la vea, se sienta dichosa, a pesar de todo.
A fin de cuentas, aunque ninguna de ellas querría que lo fuera, este día es especial.
Hoy celebran su funeral y todo el pueblo vendrá a verla y llorar su pérdida.
Hoy celebran su funeral y todo el pueblo vendrá a verla y llorar su pérdida.
The Nuevo.

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