Cuando naciste, en vez de llorar, me miraste a los
ojos durante dos largos minutos como si quisieras reconocerme o como si no
entendieras muy bien qué hacías allí. Luego, la enfermera te introdujo en una
incubadora de la que no saliste hasta un mes después. A veces pienso que
todavía sigues metida en aquella urna de cristal transparente. Nadie lo sabe
pero he sufrido mucho contigo, el instinto me decía que ese mes que pasaste sin
contacto humano, aislada del cariño, del amor, de la ternura que yo habría podido
darte, lejos de los brazos que inútilmente trataban de alcanzar tu cuerpecito
indefenso, te convirtió en esto que eres ahora. Porque tampoco llorabas en la
guardería ni jugabas con otras niñas o niños, ni siquiera contigo misma, te
limitabas al único y sencillo acto de respirar. En la foto de la Primera
Comunión no se te ve alegre ni triste ni enfadada, te movías como una medusa
mecida por las corrientes oceánicas, como una yegüita de mar rodeada de
corales. Había transparencia y oscuridad, un cuerpo de niña en pleno
crecimiento, ropitas que solo yo elegía, párpados eternamente inmóviles,
silencio, ausencia, temor, incertidumbre…, y una columna de agua de varios
kilómetros de altura entre tú y las cosas que te rodeaban. No estabas enferma,
no estabas loca, ni cuerda, y nadie acertaba a encontrar un remedio o, al
menos, una explicación. La vida contigo era sumamente difícil y extremadamente
fácil al mismo tiempo, existías de una manera implícita. Teníamos una hija que
eras tú pero, aunque estuvieras allí, no se te veía. Acariciarte era como rozar
la niebla con las manos. Nunca generabas conflictos de ninguna especie porque
la gente como tú no da problemas. Los espejos no reproducían tu imagen, los
juguetes no te atraían, las camas eran inútiles para ti. Cada maestra que has
tenido en el colegio convocaba una tutoría la primera semana del curso. Ninguna
entendía que tu falta de interés en clase se tradujera luego en buenas notas.
Nunca te he visto dormir ni despertar ni interesarte por las encrucijadas del mundo.
La única actividad que parece agradarte es tumbarte en el jardín y mirar al
cielo, mientras las demás niñas juegan en la calle o meriendan o hacen los
deberes. Desde que naciste, nunca te he visto sonreír.
Hija mía, lo he estado pensando y pensando y, después
de doce años de convivencia contigo, creo que ya sé lo que te pasa...
“¡No lo digas,
mamá, no lo digas!”.
Caracol Romera.

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