Manuel era el único niño muerto que
había en el pueblo.
Sus padres, emigrantes que habían
escapado de su país huyendo del hambre y la miseria provocada por una guerra
interminable, llegaron con la esperanza de lograr una vida mejor.
Evidentemente, no fue así.
Los aldeanos les recibieron, primero con
temor, después con indiferencia y, con el tiempo, llegaron a profesarles un
cierto aprecio hasta que la repentina muerte de Manuel lo cambió todo.
Un niño muerto era algo que jamás había
ocurrido en el pueblo. Sus gentes presumían de que sus hijos crecían sanos,
felices y, sobre todo; vivos.
—Ya nos lo había advertido nuestro
presidente; los extranjeros no traen más que problemas.
—Lo que haya matado al muchacho venía
con él desde su país, ¡eso ya te lo digo yo!.
Lo que más les preocupaba era lo que
podían llegar a pensar los reporteros que se dedican a recorrer el país buscando
bucólicos pueblos para mostrar sus variopintas particularidades y mostrarlas,
sin pudor, en la tele pública.
—Nos encontramos en la bella localidad
de Cagamentos del Condado. Tenemos entendido que aquí cocinan ustedes el pan en
uno de los hornos de leña más antiguos de la región, ¿es así, doña Francisca?.
—Totalmente.
—Hoy hemos llegado, con mucha
dificultad, todo hay que decirlo, a Matalascabrillas de Arriba, uno de los
pueblos más hermosos de toda la serranía donde lleva nevando sin parar desde
hace quince días. ¿Recuerda algo similar, don Silencio?
—¡Pues claro!. Aquí todos los inviernos
son iguales.
—Supongo que se dispone a quitar la
nieve de su puerta con una pala.
—Pues, no. La máquina quitanieves
funciona perfectamente.
—Si no lo hace no sale en la tele.
—Voy por ella. No pase usted
padecimiento.
—¿Y dónde nos encontramos hoy?. Nos
hallamos, sin lugar a dudas, en el más pintoresco... Pero, ¿qué es eso?.
—Un niño muerto, señor.
— Ustedes nos dijeron que en su pueblo
producían la mejor miel de la comarca y que, precisamente por eso, estaban
todos sanísimos.
—Deje que le explique...
—No hay nada que explicar; Mariano,
recoge que nos vamos.
Los adultos marginaron al niño y los
chavales le tomaron como blanco de sus crueles bromas.
Dolly Parton de Jesús era la niña que
peor se comportaba con él. Dolly se había propuesto formar parte de la pandilla
de chicas que presumían de ser las más "cool" del colegio y pensaba
que así lo conseguiría. Lo más triste es que hasta que murió, Manuel la
consideraba su mejor amiga.
—Vamos, tío, camina un poco más deprisa
que parece que estás muerto. Ahora que caigo; sí que estás muerto. Ja, ja,
ja...
El niño muerto encontró un lugar donde
poder aislarse y alejarse de todo aquel odio irracional.
A las afueras del pueblo, rodeadas de un
inmenso romeral, se encontraban las colmenas con las que producían la miel de
la que tanto presumían.
La miel no la producían ellos, sino las abejas que, afanosamente, se dedicaban
durante toda la jornada a recolectar el néctar de las flores para, en el
interior de la colmena y, tras un laborioso proceso, convertirlo en la miel con
la que creían iban a alimentar a sus preciadas larvas. Los humanos tenían otros
planes, claro.
Le encantaba enredar entre las abejas.
Los primeros días recibió infinidad de picaduras, pero cada aguijonazo fue como
experimentar algo parecido a diminutos chispazos de vida. Su juego favorito
consistía en quedarse completamente inmóvil y convertirse en colmena. Quedarse
quieto durante horas no le suponía ningún esfuerzo y sentirse rodeado de miles
de abejas entrando y saliendo por sus orificios, convirtiéndose en uno con él,
le hacía sentirse un elemento esencial de aquel antófilo universo donde el
individuo no actúa en su propio beneficio sino que asume el papel que le ha
tocado ejercer dentro del grupo y dedica todo su esfuerzo en pos de un bien
mayor; la supervivencia de la comunidad.
En la plaza del pueblo, Dolly seguía
intentando formar parte del grupo de las “cool” aunque, de momento, lo que
había conseguido era ser poco más que la chica de los recados.
—Os traigo lo que me habíais pedido,
chicas.
—Mira, Dolly, en serio te lo digo, has
tardado tanto que ya no nos apetece nada de lo que traes. Por mí, puedes
tirarlo a la basura. Tienes que estar más viva, monina.
—Hablando de estar vivo, mirad lo que
viene por allí.
Al fondo de la calle se recortaba la
enjuta silueta del niño muerto.
—Tu chico cada día que pasa tiene peor
aspecto, Dolly.
—¿Qué dices?. Yo no tengo nada que ver
con ese “friki”.
—Tú le gustabas, eso lo sabíamos todas
—Se me ocurre una broma buenísima. Cuando se
acerque le dices que estás enamorada de él, le metes un morreo y, después, le
empujas a la fuente.
—Ni loca voy a besar a un muerto.
—¿Te das cuenta, Dolly?. No se puede contar contigo para nada.
—Está bien, lo haré. Pero no lo grabéis.
—De eso nada, tontita. Si no se graba es
como si nunca hubiera ocurrido.
—No te preocupes que solo lo tendremos
las del grupo —dijeron las chicas, mientras llevaban una mano a la espalda y
cruzaban los dedos.
El niño muerto ya había llegado a la plaza y Dolly salió a su
encuentro. Las “cool” prepararon sus móviles.
—Hola, Manuel, ¿cómo estás?.
—Es muy extraño.
—¿El qué?.
—Hace mucho tiempo que no me diriges la palabra más que para
insultarme y hoy, en cambio, no solo me hablas sino que quieres saber cómo me
encuentro. Es muy extraño.
—Lo siento mucho. Me he portado fatal contigo pero puedo cambiar.
—Yo no quería que las cosas cambiaran. No quería morir pero no
pude hacer nada para evitarlo y fue el mundo el que cambió a mi alrededor.
—Esa idiota se va a terminar rajando —cuchichearon las chicas al
unísono como si formaran parte de un solo ente pensante.
—Tuve miedo —dijo Molly, intentando
parecer convincente. No quería que el resto del pueblo me señalara con el dedo
pero lo he estado pensando mucho y me he dado cuenta de algo importante.
—¿De qué? —preguntó, expectante, el niño muerto mientras sus
escuálidas piernecillas temblaban con tanta fuerza que algunos de sus dedos de
los pies terminaron por partirse.
—He descubierto que te quiero —contestó la aspirante a “cool”, al
mismo tiempo que se abalanzaba sobre él.
—¡Lo va a hacer! —gritaron a coro las pérfidas muchachas. Esta tía
es todavía más tonta de lo que sospechábamos.
Dolly agarró al niño muerto, acercó sus labios a los, ya
prácticamente inexistentes labios de Manuel e introdujo su lengua en la boca
del muchacho como si fuera una perforadora. El niño intentaba zafarse pero ella
le sujetó aún con más fuerza. De fondo se escuchaba el alarido del
grupo de chicas: “¡Diooos, qué puto ascooo!. No hubo nada parecido al amor en
aquella escena.
Las abejas se abrieron paso a través de la boca del niño muerto y
entraron en tromba por la garganta de Dolly Parton de Jesús. Con el rostro
desencajado, se dio la vuelta buscando la ayuda de alguna de sus presuntas
amigas pero éstas habían corrido como ratas en un naufragio abandonando a la
chica a su propia suerte.
—Manuel, por favor, ayúdame.
—No hay nada que pueda hacer. Lo siento.
—Yo también lo siento. Espero que puedas perdonarme.
De la mano recorrieron el pueblo ante la atónita mirada de los
vecinos. Cuando llegaron a la casa de la niña muerta, Manuel, respetuosamente,
dio el pésame a la familia.
The Nuevo.


