jueves, 21 de febrero de 2019

NOBODY KNOWS


Cuando naciste, en vez de llorar, me miraste a los ojos durante dos largos minutos como si quisieras reconocerme o como si no entendieras muy bien qué hacías allí. Luego, la enfermera te introdujo en una incubadora de la que no saliste hasta un mes después. A veces pienso que todavía sigues metida en aquella urna de cristal transparente. Nadie lo sabe pero he sufrido mucho contigo, el instinto me decía que ese mes que pasaste sin contacto humano, aislada del cariño, del amor, de la ternura que yo habría podido darte, lejos de los brazos que inútilmente trataban de alcanzar tu cuerpecito indefenso, te convirtió en esto que eres ahora. Porque tampoco llorabas en la guardería ni jugabas con otras niñas o niños, ni siquiera contigo misma, te limitabas al único y sencillo acto de respirar. En la foto de la Primera Comunión no se te ve alegre ni triste ni enfadada, te movías como una medusa mecida por las corrientes oceánicas, como una yegüita de mar rodeada de corales. Había transparencia y oscuridad, un cuerpo de niña en pleno crecimiento, ropitas que solo yo elegía, párpados eternamente inmóviles, silencio, ausencia, temor, incertidumbre…, y una columna de agua de varios kilómetros de altura entre tú y las cosas que te rodeaban. No estabas enferma, no estabas loca, ni cuerda, y nadie acertaba a encontrar un remedio o, al menos, una explicación. La vida contigo era sumamente difícil y extremadamente fácil al mismo tiempo, existías de una manera implícita. Teníamos una hija que eras tú pero, aunque estuvieras allí, no se te veía. Acariciarte era como rozar la niebla con las manos. Nunca generabas conflictos de ninguna especie porque la gente como tú no da problemas. Los espejos no reproducían tu imagen, los juguetes no te atraían, las camas eran inútiles para ti. Cada maestra que has tenido en el colegio convocaba una tutoría la primera semana del curso. Ninguna entendía que tu falta de interés en clase se tradujera luego en buenas notas. Nunca te he visto dormir ni despertar ni interesarte por las encrucijadas del mundo. La única actividad que parece agradarte es tumbarte en el jardín y mirar al cielo, mientras las demás niñas juegan en la calle o meriendan o hacen los deberes. Desde que naciste, nunca te he visto sonreír.
Hija mía, lo he estado pensando y pensando y, después de doce años de convivencia contigo, creo que ya sé lo que te pasa...
“¡No lo digas, mamá, no lo digas!”.

Caracol Romera.





martes, 19 de febrero de 2019

THE DEAD CHILD DRESS


Frente al espejo, Elia abrocha cada uno de los infinitos botones que adornan el vestido azul que a su madre le encanta verle puesto.
—¡Ay, mi niña, qué requeteguapísima está, que parece un ángel caído del cielo!
—Odio este vestido, madre. Mucho.
—¡No exageres, muchacha!. ¡Estás preciosa!. Además, no querrás ir a la comunión de tu prima hecha un adefesio.
Y así, durante el último año, Elia vistió el vestido azul en todas las ocasiones que su madre consideró que eran especiales.
La niña ultima los detalles que acompañan al vestido. Lustra cuidadosamente sus zapatos de charol y adorna su pelo con un enorme lazo que hace que su carita parezca un pequeño grano de maíz. Quiere que todo luzca perfecto para hacer que su madre se sienta orgullosa.
Elia odia el vestido pero ama a su madre. Sabe que hacerle feliz no necesita de gesto más sencillo que ponérselo cuando se lo pide. Hoy no ha hecho falta que se lo pidiera. Desea, con todas sus fuerzas, que cuando su madre la vea, se sienta dichosa, a pesar de todo.
A fin de cuentas, aunque ninguna de ellas querría que lo fuera, este día es especial. 
Hoy celebran su funeral y todo el pueblo vendrá a verla y llorar su pérdida.


The Nuevo.




DEAD CHILD WITH CLIFF IN BACKGROUND


Lenta y dificultosamente, la niña muerta camina desnuda y descalza entre las grietas de los acantilados. Es tan delgada y rubia que parece una araña de otro planeta. Calculo que rondará los siete años, pero quizá lleve muerta más de quince. Desde nuestras toallas, mi esposa y yo la observamos sin atrevernos a echarle una mano. Resulta evidente que nada malo le puede pasar aunque caiga al vacío puesto que ya está muerta. La preceden a mucha distancia una madre y tres hermanas de entre nueve y doce años. La niña muerta intenta alcanzarlas pero cuando llega al sitio donde se detienen para jugar, ya están en otra parte. No la ven ni la esperan, no le dirigen la palabra, no existe.
A mi esposa se le ocurre una teoría: En su momento, esa niña fue hija única. Antes de que sus hermanas nacieran, su madre y su padre la mimaron tanto y le dedicaron tanto tiempo de calidad que acabó muriendo de éxito. De repente, para su madre y su padre no había nada más importante que ella en el mundo. En cuanto nació, se acabaron las amigas, los amigos, los perros, el cine, la música, los conciertos, los viajes, Malasaña, los polvos en el coche y las cenas románticas, como si el Universo se hubiera contraído y concentrado en ese cuerpo único y exacto de carne y hueso que, diminuto, vulnerable y débil, era capaz de atraer y desprender tanto amor. Parecía inexplicable y al mismo tiempo lógico.
La vida familiar transcurría entre fiestas y regalos. De Navidad, de cumpleaños, de porque sí, porque a esa madre y a ese padre nada les parecía suficiente. Acabaron instalándola en su propio dormitorio, mientras que ellas se mudaron al sofá cama del salón. Si la niña pedía un caballo, se lo compraban; si le gustaban los talent shows de niños cantores, no veían nada más en la tele por muy punkis que hubieran sido de jóvenes; si no tenía sueño, nadie dormía… Cualquier cosa con tal de mantenerla contenta y satisfecha pues la felicidad, la esencia de la felicidad, era eso. Hasta que un día su madre dio a luz de nuevo.
Por primera vez en sus siete años de vida, la niña muerta pasó dos días enteros y sus noches sin padre ni madre. Y cuando volvió a verlos, todo había cambiado. Aunque seguían amándola, el principal foco de interés y atención ya no era ella.
Pues ya está, aquella noche, entre su padre y su madre yacía, dormida y acariciada, su hermana. La niña no pudo soportar una visión tan espeluznante y se escondió en el armario y se murió y desde entonces nadie la ve ni la siente ni recuerda su cuerpecito de emperadora. Quince años después, en esta playa rodeada de acantilados y un castillo, lenta y dificultosamente, la niña muerta intenta alcanzar todo aquello que perdió, según mi esposa.
Acto seguido, me hace una pregunta incómoda: Si tuviéramos una hija, ¿la querrías más que a mí? Le respondo lo que desea oír aunque coincida plenamente con mi conciencia. Mientras tanto, la madre y las tres hermanas han desaparecido al otro lado del acantilado. La niña muerta comprende que nunca conseguirá jugar con ellas y se de la vuelta y regresa a esta playa. Tarda más de una hora en descender a la arena pues los senderos están llenos de piedrecitas sueltas y pinchos y la pobre va descalza. Desde la orilla, entre lánguidas medusas que lamen sus pies, parece otear el horizonte. Las únicas personas que habitan la playa somos mi esposa y yo. Como si hubiera descubierto un tesoro, se acerca a nosotras y se arrodilla a mis pies. La teoría de la niña emperadora se desvanece, solo es una criatura difunta y abandonada en busca de una familia sea la que sea. Me gustaría sentir pena o algo, proponerle el juego de pillar cangrejos o el juego de la rana en el agua, pero el aliento de mi esposa me roza los labios y de pronto me la sudan los niños muertos, que Dios me perdone.


Caracol Romera.



NO FUTURE, DEAD CHILDREN!


La humanidad había acelerado su proceso de extinción. 
Después de décadas desoyendo las amenazas sobre cambio climático, contaminación, sobrexplotación de recursos y, sobre todo, el no saberse estar callado cuando te dicen: “¿A qué no tienes cojones de lanzar tu armamento nuclear?”, habían convertido la Tierra en un yermo desolado y, en definitiva, en una inmensa roca inhabitable.
El ministerio de extinciones trazó un ambicioso plan para salvar a la humanidad. Enviar una nave al espacio con todos los supervivientes en estado de hipotermia profunda. Hasta ahora, ninguna de las sondas enviadas al espacio habían encontrado, al menos en nuestra galaxia, planeta alguno que pudiera albergar vida, así que la nave vagaría sin rumbo fijo con la esperanza de que la ecuación de Drake estuviera en lo cierto. Nuestro Sol es solo una estrella solitaria en la abundancia de 7×1022 estrellas en el universo observable. La Vía Láctea es solo una de entre las 2 000 000 000 000 galaxias del universo. Parecería entonces que debería haber plenitud de vida allí afuera.
La misión tomaría el nombre de “Arca de Nöel” por su parecido a la leyenda narrada en el antiguo testamento, porque el día elegido para partir era el 25 de diciembre y porque el encargado de poner nombres a las misiones se las daba de graciosillo.
Para pilotar la nave se eligió a niño muerto y niña muerta, dos hermanos que siempre habían soñado con viajar al espacio. Les costó años sacar la oposición pero, si de algo podían presumir era de ser la perseverancia hecha cadáver y de tener todo el tiempo del mundo de su parte. Una vez superado el pequeño hándicap de carecer de cerebro lo demás les fue rodado.
Fue muy valorado en su proceso de elección el que pudieran pasar horas haciendo las reparaciones pertinentes en la cubierta de la nave sin necesidad de usar un traje espacial. "En tiempos de crisis cualquier pequeño ahorro es bienvenido", proclamaron al unísono toda la pandilla de prebostes que se llenaron los bolsillos con las comisiones del proyecto.
 La única petición que hicieron los niños fue poder llevarse consigo a su perrita a la que habían llamado Laika en honor a aquella otra perra pionera de la investigación espacial (y de las muertes en el espacio, todo hay que decirlo).
—Control terrestre a niños muertos. ¿Todo va bien?
—Todo va dabuten —respondió niño muerto—, usando una famosa expresión de los ochenta que se había vuelto a poner de moda.
—Estamos mejor que en brazos —apuntilló niña muerta.
—Debéis corregir el rumbo. Os estáis acercando peligrosamente a la orbita solar.
—Lo siento, pero no vamos a hacer tal cosa. Estamos donde queremos estar. Mi hermana y yo llevamos siendo niños muertos desde hace muchísimo tiempo y estamos ya muy cansados. Nuestro destino es el sol.
—Pero, ¿qué decís, desgraciados?. ¡Sois responsables de la tripulación!.
—Tranquilo —interrumpió niña muerta. Vamos a poner la nave en piloto automático y nosotros usaremos la nave auxiliar. Los humanos han cometido muchos errores que les han llevado a encontrarse en esta situación pero siempre han conseguido, de un modo u otro, salir adelante. Estoy segura que la suerte estará de su lado.
—Maldita sea, no podéis…
Niño muerto cortó las comunicaciones, después miró fijamente a las vacías cuencas de su hermana y se fundieron en un gran abrazo.
Se acomodaron en la nave auxiliar en compañía de Laika. La perra no paraba de lamerles y, de paso,  aprovechar para mordisquearles los huesecillos del pie. Encendieron los motores y pusieron rumbo a su último viaje.
—Laika, vas a convertirte en un perrito caliente —bromeó niño muerto.
—Eres muy bobo —replicó niña muerta.
—No borraría ni uno sólo de los momentos que hemos vivido juntos. Ni los que pasamos vivos ni los que pasamos muertos.
—Yo tampoco, bobo.
La perra se colocó entre ambos y, mientras la nave se desintegraba, los niños la espachurraron formando un todo indivisible. Un segundo después, los tres formaban parte de la elemental esencia del cosmos.
El Arca continuó con su viaje por la galaxia en busca de un planeta en el que la humanidad pudiera tener un futuro. Por desgracia, la suerte no estuvo esta vez de nuestro lado.
Cuando estábamos aproximándonos a las lindes de la galaxia de Andrómeda, a 2,5 millones de años luz de nuestro punto de partida, nos abordaron, sin previo aviso, unos alienígenas que nos tomaron por una gigantesca promoción de congelados la Sirena.

The Nuevo.


DEAD CHILD BEES

Manuel era el único niño muerto que había en el pueblo. Sus padres, emigrantes que habían escapado de su país huyendo del hambre y la ...