viernes, 9 de agosto de 2019

DEAD CHILD BEES


Manuel era el único niño muerto que había en el pueblo.
Sus padres, emigrantes que habían escapado de su país huyendo del hambre y la miseria provocada por una guerra interminable, llegaron con la esperanza de lograr una vida mejor. Evidentemente, no fue así.
Los aldeanos les recibieron, primero con temor, después con indiferencia y, con el tiempo, llegaron a profesarles un cierto aprecio hasta que la repentina muerte de Manuel lo cambió todo.
Un niño muerto era algo que jamás había ocurrido en el pueblo. Sus gentes presumían de que sus hijos crecían sanos, felices y, sobre todo; vivos.
—Ya nos lo había advertido nuestro presidente; los extranjeros no traen más que problemas.
—Lo que haya matado al muchacho venía con él desde su país, ¡eso ya te lo digo yo!.
Lo que más les preocupaba era lo que podían llegar a pensar los reporteros que se dedican a recorrer el país buscando bucólicos pueblos para mostrar sus variopintas particularidades y mostrarlas, sin pudor, en la tele pública.
—Nos encontramos en la bella localidad de Cagamentos del Condado. Tenemos entendido que aquí cocinan ustedes el pan en uno de los hornos de leña más antiguos de la región, ¿es así, doña Francisca?.
—Totalmente.
—Hoy hemos llegado, con mucha dificultad, todo hay que decirlo, a Matalascabrillas de Arriba, uno de los pueblos más hermosos de toda la serranía donde lleva nevando sin parar desde hace quince días. ¿Recuerda algo similar, don Silencio?
—¡Pues claro!. Aquí todos los inviernos son iguales.
—Supongo que se dispone a quitar la nieve de su puerta con una pala.
—Pues, no. La máquina quitanieves funciona perfectamente.
—Si no lo hace no sale en la tele.
—Voy por ella. No pase usted padecimiento.
—¿Y dónde nos encontramos hoy?. Nos hallamos, sin lugar a dudas, en el más pintoresco... Pero, ¿qué es eso?.
—Un niño muerto, señor.
— Ustedes nos dijeron que en su pueblo producían la mejor miel de la comarca y que, precisamente por eso, estaban todos sanísimos.
—Deje que le explique...
—No hay nada que explicar; Mariano, recoge que nos vamos.
Los adultos marginaron al niño y los chavales le tomaron como blanco de sus crueles bromas.
Dolly Parton de Jesús era la niña que peor se comportaba con él. Dolly se había propuesto formar parte de la pandilla de chicas que presumían de ser las más "cool" del colegio y pensaba que así lo conseguiría. Lo más triste es que hasta que murió, Manuel la consideraba su mejor amiga.
—Vamos, tío, camina un poco más deprisa que parece que estás muerto. Ahora que caigo; sí que estás muerto. Ja, ja, ja...
El niño muerto encontró un lugar donde poder aislarse y alejarse de todo aquel odio irracional.
A las afueras del pueblo, rodeadas de un inmenso romeral, se encontraban las colmenas con las que producían la miel de la que tanto presumían.
La miel no la producían ellos, sino las abejas que, afanosamente, se dedicaban durante toda la jornada a recolectar el néctar de las flores para, en el interior de la colmena y, tras un laborioso proceso, convertirlo en la miel con la que creían iban a alimentar a sus preciadas larvas. Los humanos tenían otros planes, claro.
Le encantaba enredar entre las abejas. Los primeros días recibió infinidad de picaduras, pero cada aguijonazo fue como experimentar algo parecido a diminutos chispazos de vida. Su juego favorito consistía en quedarse completamente inmóvil y convertirse en colmena. Quedarse quieto durante horas no le suponía ningún esfuerzo y sentirse rodeado de miles de abejas entrando y saliendo por sus orificios, convirtiéndose en uno con él, le hacía sentirse un elemento esencial de aquel antófilo universo donde el individuo no actúa en su propio beneficio sino que asume el papel que le ha tocado ejercer dentro del grupo y dedica todo su esfuerzo en pos de un bien mayor; la supervivencia de la comunidad.
En la plaza del pueblo, Dolly seguía intentando formar parte del grupo de las “cool” aunque, de momento, lo que había conseguido era ser poco más que la chica de los recados.
—Os traigo lo que me habíais pedido, chicas.
—Mira, Dolly, en serio te lo digo, has tardado tanto que ya no nos apetece nada de lo que traes. Por mí, puedes tirarlo a la basura. Tienes que estar más viva, monina.
—Hablando de estar vivo, mirad lo que viene por allí.
Al fondo de la calle se recortaba la enjuta silueta del niño muerto.
—Tu chico cada día que pasa tiene peor aspecto, Dolly.
—¿Qué dices?. Yo no tengo nada que ver con ese “friki”.
—Tú le gustabas, eso lo sabíamos todas
Se me ocurre una broma buenísima. Cuando se acerque le dices que estás enamorada de él, le metes un morreo y, después, le empujas a la fuente.
—Ni loca voy a besar a un muerto.
—¿Te das cuenta, Dolly?.  No se puede contar contigo para nada.
—Está bien, lo haré. Pero no lo grabéis.
—De eso nada, tontita. Si no se graba es como si nunca hubiera ocurrido.
—No te preocupes que solo lo tendremos las del grupo —dijeron las chicas, mientras llevaban una mano a la espalda y cruzaban los dedos.
El niño muerto ya había llegado a la plaza y Dolly salió a su encuentro. Las “cool” prepararon sus móviles.
—Hola, Manuel, ¿cómo estás?.
—Es muy extraño.
—¿El qué?.
—Hace mucho tiempo que no me diriges la palabra más que para insultarme y hoy, en cambio, no solo me hablas sino que quieres saber cómo me encuentro. Es muy extraño.
—Lo siento mucho. Me he portado fatal contigo pero puedo cambiar.
—Yo no quería que las cosas cambiaran. No quería morir pero no pude hacer nada para evitarlo y fue el mundo el que cambió a mi alrededor.
—Esa idiota se va a terminar rajando —cuchichearon las chicas al unísono como si formaran parte de un solo ente pensante.
—Tuve miedo —dijo Molly,  intentando parecer convincente. No quería que el resto del pueblo me señalara con el dedo pero lo he estado pensando mucho y me he dado cuenta de algo importante.
—¿De qué? —preguntó, expectante, el niño muerto mientras sus escuálidas piernecillas temblaban con tanta fuerza que algunos de sus dedos de los pies terminaron por partirse.
—He descubierto que te quiero —contestó la aspirante a “cool”, al mismo tiempo que se abalanzaba sobre él.
—¡Lo va a hacer! —gritaron a coro las pérfidas muchachas. Esta tía es todavía más tonta de lo que sospechábamos.
Dolly agarró al niño muerto, acercó sus labios a los, ya prácticamente inexistentes labios de Manuel e introdujo su lengua en la boca del muchacho como si fuera una perforadora. El niño intentaba zafarse pero ella le sujetó aún con más fuerza. De fondo se escuchaba el alarido del grupo de chicas: “¡Diooos, qué puto ascooo!. No hubo nada parecido al amor en aquella escena.
Las abejas se abrieron paso a través de la boca del niño muerto y entraron en tromba por la garganta de Dolly Parton de Jesús. Con el rostro desencajado, se dio la vuelta buscando la ayuda de alguna de sus presuntas amigas pero éstas habían corrido como ratas en un naufragio abandonando a la chica a su propia suerte.
—Manuel, por favor, ayúdame.
—No hay nada que pueda hacer. Lo siento.
—Yo también lo siento. Espero que puedas perdonarme.
De la mano recorrieron el pueblo ante la atónita mirada de los vecinos. Cuando llegaron a la casa de la niña muerta, Manuel, respetuosamente, dio el pésame a la familia.

The Nuevo.


jueves, 21 de febrero de 2019

NOBODY KNOWS


Cuando naciste, en vez de llorar, me miraste a los ojos durante dos largos minutos como si quisieras reconocerme o como si no entendieras muy bien qué hacías allí. Luego, la enfermera te introdujo en una incubadora de la que no saliste hasta un mes después. A veces pienso que todavía sigues metida en aquella urna de cristal transparente. Nadie lo sabe pero he sufrido mucho contigo, el instinto me decía que ese mes que pasaste sin contacto humano, aislada del cariño, del amor, de la ternura que yo habría podido darte, lejos de los brazos que inútilmente trataban de alcanzar tu cuerpecito indefenso, te convirtió en esto que eres ahora. Porque tampoco llorabas en la guardería ni jugabas con otras niñas o niños, ni siquiera contigo misma, te limitabas al único y sencillo acto de respirar. En la foto de la Primera Comunión no se te ve alegre ni triste ni enfadada, te movías como una medusa mecida por las corrientes oceánicas, como una yegüita de mar rodeada de corales. Había transparencia y oscuridad, un cuerpo de niña en pleno crecimiento, ropitas que solo yo elegía, párpados eternamente inmóviles, silencio, ausencia, temor, incertidumbre…, y una columna de agua de varios kilómetros de altura entre tú y las cosas que te rodeaban. No estabas enferma, no estabas loca, ni cuerda, y nadie acertaba a encontrar un remedio o, al menos, una explicación. La vida contigo era sumamente difícil y extremadamente fácil al mismo tiempo, existías de una manera implícita. Teníamos una hija que eras tú pero, aunque estuvieras allí, no se te veía. Acariciarte era como rozar la niebla con las manos. Nunca generabas conflictos de ninguna especie porque la gente como tú no da problemas. Los espejos no reproducían tu imagen, los juguetes no te atraían, las camas eran inútiles para ti. Cada maestra que has tenido en el colegio convocaba una tutoría la primera semana del curso. Ninguna entendía que tu falta de interés en clase se tradujera luego en buenas notas. Nunca te he visto dormir ni despertar ni interesarte por las encrucijadas del mundo. La única actividad que parece agradarte es tumbarte en el jardín y mirar al cielo, mientras las demás niñas juegan en la calle o meriendan o hacen los deberes. Desde que naciste, nunca te he visto sonreír.
Hija mía, lo he estado pensando y pensando y, después de doce años de convivencia contigo, creo que ya sé lo que te pasa...
“¡No lo digas, mamá, no lo digas!”.

Caracol Romera.





martes, 19 de febrero de 2019

THE DEAD CHILD DRESS


Frente al espejo, Elia abrocha cada uno de los infinitos botones que adornan el vestido azul que a su madre le encanta verle puesto.
—¡Ay, mi niña, qué requeteguapísima está, que parece un ángel caído del cielo!
—Odio este vestido, madre. Mucho.
—¡No exageres, muchacha!. ¡Estás preciosa!. Además, no querrás ir a la comunión de tu prima hecha un adefesio.
Y así, durante el último año, Elia vistió el vestido azul en todas las ocasiones que su madre consideró que eran especiales.
La niña ultima los detalles que acompañan al vestido. Lustra cuidadosamente sus zapatos de charol y adorna su pelo con un enorme lazo que hace que su carita parezca un pequeño grano de maíz. Quiere que todo luzca perfecto para hacer que su madre se sienta orgullosa.
Elia odia el vestido pero ama a su madre. Sabe que hacerle feliz no necesita de gesto más sencillo que ponérselo cuando se lo pide. Hoy no ha hecho falta que se lo pidiera. Desea, con todas sus fuerzas, que cuando su madre la vea, se sienta dichosa, a pesar de todo.
A fin de cuentas, aunque ninguna de ellas querría que lo fuera, este día es especial. 
Hoy celebran su funeral y todo el pueblo vendrá a verla y llorar su pérdida.


The Nuevo.




DEAD CHILD WITH CLIFF IN BACKGROUND


Lenta y dificultosamente, la niña muerta camina desnuda y descalza entre las grietas de los acantilados. Es tan delgada y rubia que parece una araña de otro planeta. Calculo que rondará los siete años, pero quizá lleve muerta más de quince. Desde nuestras toallas, mi esposa y yo la observamos sin atrevernos a echarle una mano. Resulta evidente que nada malo le puede pasar aunque caiga al vacío puesto que ya está muerta. La preceden a mucha distancia una madre y tres hermanas de entre nueve y doce años. La niña muerta intenta alcanzarlas pero cuando llega al sitio donde se detienen para jugar, ya están en otra parte. No la ven ni la esperan, no le dirigen la palabra, no existe.
A mi esposa se le ocurre una teoría: En su momento, esa niña fue hija única. Antes de que sus hermanas nacieran, su madre y su padre la mimaron tanto y le dedicaron tanto tiempo de calidad que acabó muriendo de éxito. De repente, para su madre y su padre no había nada más importante que ella en el mundo. En cuanto nació, se acabaron las amigas, los amigos, los perros, el cine, la música, los conciertos, los viajes, Malasaña, los polvos en el coche y las cenas románticas, como si el Universo se hubiera contraído y concentrado en ese cuerpo único y exacto de carne y hueso que, diminuto, vulnerable y débil, era capaz de atraer y desprender tanto amor. Parecía inexplicable y al mismo tiempo lógico.
La vida familiar transcurría entre fiestas y regalos. De Navidad, de cumpleaños, de porque sí, porque a esa madre y a ese padre nada les parecía suficiente. Acabaron instalándola en su propio dormitorio, mientras que ellas se mudaron al sofá cama del salón. Si la niña pedía un caballo, se lo compraban; si le gustaban los talent shows de niños cantores, no veían nada más en la tele por muy punkis que hubieran sido de jóvenes; si no tenía sueño, nadie dormía… Cualquier cosa con tal de mantenerla contenta y satisfecha pues la felicidad, la esencia de la felicidad, era eso. Hasta que un día su madre dio a luz de nuevo.
Por primera vez en sus siete años de vida, la niña muerta pasó dos días enteros y sus noches sin padre ni madre. Y cuando volvió a verlos, todo había cambiado. Aunque seguían amándola, el principal foco de interés y atención ya no era ella.
Pues ya está, aquella noche, entre su padre y su madre yacía, dormida y acariciada, su hermana. La niña no pudo soportar una visión tan espeluznante y se escondió en el armario y se murió y desde entonces nadie la ve ni la siente ni recuerda su cuerpecito de emperadora. Quince años después, en esta playa rodeada de acantilados y un castillo, lenta y dificultosamente, la niña muerta intenta alcanzar todo aquello que perdió, según mi esposa.
Acto seguido, me hace una pregunta incómoda: Si tuviéramos una hija, ¿la querrías más que a mí? Le respondo lo que desea oír aunque coincida plenamente con mi conciencia. Mientras tanto, la madre y las tres hermanas han desaparecido al otro lado del acantilado. La niña muerta comprende que nunca conseguirá jugar con ellas y se de la vuelta y regresa a esta playa. Tarda más de una hora en descender a la arena pues los senderos están llenos de piedrecitas sueltas y pinchos y la pobre va descalza. Desde la orilla, entre lánguidas medusas que lamen sus pies, parece otear el horizonte. Las únicas personas que habitan la playa somos mi esposa y yo. Como si hubiera descubierto un tesoro, se acerca a nosotras y se arrodilla a mis pies. La teoría de la niña emperadora se desvanece, solo es una criatura difunta y abandonada en busca de una familia sea la que sea. Me gustaría sentir pena o algo, proponerle el juego de pillar cangrejos o el juego de la rana en el agua, pero el aliento de mi esposa me roza los labios y de pronto me la sudan los niños muertos, que Dios me perdone.


Caracol Romera.



DEAD CHILD BEES

Manuel era el único niño muerto que había en el pueblo. Sus padres, emigrantes que habían escapado de su país huyendo del hambre y la ...