Lenta y dificultosamente, la niña muerta camina desnuda y descalza entre
las grietas de los acantilados. Es tan delgada y rubia que parece una araña de
otro planeta. Calculo que rondará los siete años, pero quizá lleve muerta más
de quince. Desde nuestras toallas, mi esposa y yo la observamos sin atrevernos
a echarle una mano. Resulta evidente que nada malo le puede pasar aunque caiga
al vacío puesto que ya está muerta. La preceden a mucha distancia una madre y
tres hermanas de entre nueve y doce años. La niña muerta intenta alcanzarlas
pero cuando llega al sitio donde se detienen para jugar, ya están en otra
parte. No la ven ni la esperan, no le dirigen la palabra, no existe.
A mi esposa se le ocurre una teoría: En su momento, esa niña fue hija única. Antes de que sus hermanas nacieran,
su madre y su padre la mimaron tanto y le dedicaron tanto tiempo de calidad que
acabó muriendo de éxito. De repente, para su madre y su padre no había nada más
importante que ella en el mundo. En cuanto nació, se acabaron las amigas, los
amigos, los perros, el cine, la música, los conciertos, los viajes, Malasaña,
los polvos en el coche y las cenas románticas, como si el Universo se hubiera
contraído y concentrado en ese cuerpo único y exacto de carne y hueso que,
diminuto, vulnerable y débil, era capaz de atraer y desprender tanto amor. Parecía
inexplicable y al mismo tiempo lógico.
La vida familiar transcurría entre fiestas y regalos. De Navidad, de
cumpleaños, de porque sí, porque a esa madre y a ese padre nada les parecía
suficiente. Acabaron instalándola en su propio dormitorio, mientras que ellas
se mudaron al sofá cama del salón. Si la niña pedía un caballo, se lo
compraban; si le gustaban los talent
shows de niños cantores, no veían nada más en la tele por muy punkis que
hubieran sido de jóvenes; si no tenía sueño, nadie dormía… Cualquier cosa con
tal de mantenerla contenta y satisfecha pues la felicidad, la esencia de la
felicidad, era eso. Hasta que un día su madre dio a luz de nuevo.
Por primera vez en sus siete años de vida, la niña muerta pasó dos días enteros
y sus noches sin padre ni madre. Y cuando volvió a verlos, todo había cambiado.
Aunque seguían amándola, el principal foco de interés y atención ya no era
ella.
Pues ya está, aquella noche, entre su padre y su madre yacía, dormida y
acariciada, su hermana. La niña no pudo soportar una visión tan espeluznante y
se escondió en el armario y se murió y desde entonces nadie la ve ni la siente
ni recuerda su cuerpecito de emperadora. Quince años después, en esta playa
rodeada de acantilados y un castillo, lenta y dificultosamente, la niña muerta
intenta alcanzar todo aquello que perdió, según mi esposa.
Acto seguido, me hace una pregunta incómoda: Si tuviéramos una hija, ¿la
querrías más que a mí? Le respondo lo que desea oír aunque coincida plenamente
con mi conciencia. Mientras tanto, la madre y las tres hermanas han desaparecido
al otro lado del acantilado. La niña muerta comprende que nunca conseguirá
jugar con ellas y se de la vuelta y regresa a esta playa. Tarda más de una hora
en descender a la arena pues los senderos están llenos de piedrecitas sueltas y
pinchos y la pobre va descalza. Desde la orilla, entre lánguidas medusas que
lamen sus pies, parece otear el horizonte. Las únicas personas que habitan la
playa somos mi esposa y yo. Como si hubiera descubierto un tesoro, se acerca a
nosotras y se arrodilla a mis pies. La teoría de la niña emperadora se
desvanece, solo es una criatura difunta y abandonada en busca de una familia
sea la que sea. Me gustaría sentir pena o algo, proponerle el juego de pillar
cangrejos o el juego de la rana en el agua, pero el aliento de mi esposa me
roza los labios y de pronto me la sudan los niños muertos, que Dios me perdone.
Caracol Romera.

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